
Cuando era niña, una desafortunada enfermedad emotiva se manifestó en mi piel.
Junto a mi rolliza anatomía, esta enfermedad me hizo acreedora a un apodo que en su momento odié y que generó en mí un colosal complejo de fealdad: me llamaban “vaquita”.
Me llamaban vaquita, sí. Pues resultó que a consecuencia de una prematura “ansiedad infantil” y extrema emotividad (desde niña fui una intensa) mi piel se despigmentaba al contacto con colonia, jabón, maquillaje (me pintaban la cara para bailar marinera) y demás sustancias que no recuerdo bien. Era una especie de vitiligo del que nada quedó (salvo en recónditos lugares) después de un doloroso tratamiento.
Me deshice de aquel mal, pero me quedé con los rollitos y el apodo y desde entonces adquirí el complejo de “gordita” y la reticencia a comer carne de vaca. La pre-pubertad fue difícil.
***
“Ahí viene la gordis”, decía el profesor de natación y yo a veces lloraba en la piscina para que nadie me viera. Yo que jugaba con mis muñecas Barbie, envidiando su esbeltez.
***
Ahora que mi gordura se acomodó armoniosamente, me dicen otras cosas por la calle (que no me hacen llorar precisamente). Pero mi estómago, aparentemente, quedó resentido con el apodo “vaquita” y de un momento a otro se negó a digerir la lactosa.
Hoy me miro al espejo, con o sin ropa y entiendo que la belleza es sólo el reflejo del amor propio en su justa medida.... y frente a mí misma de pronto una voz interna me dice: ahora que ya te amas, estás lista para amar.
Junto a mi rolliza anatomía, esta enfermedad me hizo acreedora a un apodo que en su momento odié y que generó en mí un colosal complejo de fealdad: me llamaban “vaquita”.
Me llamaban vaquita, sí. Pues resultó que a consecuencia de una prematura “ansiedad infantil” y extrema emotividad (desde niña fui una intensa) mi piel se despigmentaba al contacto con colonia, jabón, maquillaje (me pintaban la cara para bailar marinera) y demás sustancias que no recuerdo bien. Era una especie de vitiligo del que nada quedó (salvo en recónditos lugares) después de un doloroso tratamiento.
Me deshice de aquel mal, pero me quedé con los rollitos y el apodo y desde entonces adquirí el complejo de “gordita” y la reticencia a comer carne de vaca. La pre-pubertad fue difícil.
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“Ahí viene la gordis”, decía el profesor de natación y yo a veces lloraba en la piscina para que nadie me viera. Yo que jugaba con mis muñecas Barbie, envidiando su esbeltez.
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Ahora que mi gordura se acomodó armoniosamente, me dicen otras cosas por la calle (que no me hacen llorar precisamente). Pero mi estómago, aparentemente, quedó resentido con el apodo “vaquita” y de un momento a otro se negó a digerir la lactosa.
Hoy me miro al espejo, con o sin ropa y entiendo que la belleza es sólo el reflejo del amor propio en su justa medida.... y frente a mí misma de pronto una voz interna me dice: ahora que ya te amas, estás lista para amar.