
lunes, 24 de diciembre de 2007
Saludo especial por Navidad

domingo, 23 de diciembre de 2007
INSOMNIO DENTAL


ESTAR A DIETA

Pero la dieta no es cosa de juego. Ésta acarrea efectos secundarios como: mal humor, acidez, y ante el día libre de dieta (¡a romperla!) una voracidad de león vegetariano suelto en la sabana. En un caso extremo donde además haya escasez de amor propio, puede darse la bulimia o la anorexia. Pero no será tema que toque esta vez.
Estar a dieta, se puede resumir con la frase “mírame y no me toques, pero mírame”, de Serrat. Es estar comprometido y ser fiel (ojo no dije enamorado, dije comprometido. No es lo mismo). Es renunciar a cosas que nos gustan (que nos encantan, alocan , etc.) por ser consecuente con algo y ese algo, nos augure ser mejores personas. Es aprender a decir NO con todo el cuerpo.

Pastillas para no soñar
lunes, 17 de diciembre de 2007
Compota de Frutas

Perder nos enseña a valorar lo que tuvimos. Trillada la frase y quizá algo mezquina para quienes esperamos nuevas oportunidades. Porque hay cosas que no se pueden recuperar: momentos, palabras, personas.
Hablando de perder. Cuando era niña perdí muchos relojes que mi abuela me regaló. Estoy segura que tenía, en su presupuesto, el ítem: relojes para una nieta reticente a los artilugios de la puntualidad. El último reloj que me regaló, que no perderé, fue el que ella usaba: “cuando me muera quiero que lo pongas en tu mano”. Se hizo su voluntad.
Para asegurarme de que no se pierda lo tengo dentro de un cofre de perlas, que ella misma me fabricó. A manera de ritual, abro el cofre, saco el reloj y lo sacudo de vez en cuando para que siga andando (es de esos relojes que la energía la obtienen del movimiento). Cuando lo hago la recuerdo con su carcajada, con sus cuadernos por revisar, cantando las canciones infantiles que enseñaba a sus alumnos. Es un recuerdo muy dulce.
Una de las canciones que me enseñó fue “Mambrú se fue a la guerra”, yo tenía 6 años y la cantaba a voz en cuello para memorizarla. En todo lugar y a cada rato. La canción dice así:
Mambrú se fue a la guerra
Qué dolor qué dolor qué pena
Mambrú se fue a la guerra
No sé cuando vendrá…
El mayor de mis primos, víctima de mis alaridos, tuvo una creativa manera de callarme: “¡Así no es la canción!”. A lo que repliqué: “¿Y, cómo es entonces?”. El manganzón, en menos de un minuto reescribió la letra de la canción, poniendo como protagonista a nuestro común primo a quien apodamos “Chaplin”, por la disposición de sus pies al caminar. Haciendo uso de sus conocimientos retorcidos que todo pre púber adquiere de sus amigos cantó:
Chaplin se fue a la guerra
Montado en una perra*
La perra* se cayó
Chaplin se la tiró**
Aprendí la canción de inmediato y con el mismo ahínco y potencia, que la primera versión, empecé a cantarla por toda la casa. Hasta que mi abuela llegó y, sin siquiera saludarla le dije: “¡Ya me sé la canción verdadera!”. Sorprendida me pidió que se la cantara y así fue. Sus ojos se hacían grandes y su boca hacía la forma de la “o”. Pero, como me quería tanto e intuía que en la nueva versión habría participado alguno de mis primos, me preguntó dulcemente: “¿Y quién te la enseño?” Luego de responderle me dio un beso y me dijo: “Te imaginas si una persona se sube encima de una perrita, lo mucho que le pesará a la pobre perrita. Así no es la canción porque Chaplin no le haría tal crueldad al animalito”. Dicho esto gritó el nombre de mi primo, quien aún rondaba por la casa y al cabo de unos minutos tuvo una conversación accidentada con él.
Todos los recuerdos que tengo de ella son así. Abrir el cofre y sacudir el reloj es como abrir un frasquito de compota de frutas y probar una deliciosa cucharada de ese postre fresco y no muy dulce que tanto le gusta a mi amigo Carlos y al que acude para recordar a una persona muy importante para él que recientemente lo dejó porque “La gente buena se va de este mundo para que, quienes nos quedemos, aprendamos algo nuevo”.
domingo, 9 de diciembre de 2007
la sonrisa triste

jueves, 29 de noviembre de 2007
Intento de Suicidio

Quién sabe para qué, mi mamá nos llevó a mí y a mi hermano a la casa de mi abuela. Yo, como todos los días sólo tenía ganas de jugar, comer, que me bañen y dormir. Mi mamá nos dejó al cuidado de la persona encargada de la limpieza de la casa de mi abuela -¡limpieza mamá, no cuidado de niños!- y decidió tomar una ducha.
Me senté en el piso de la sala y me distraje jugando con uno de los tapetes bordados “a crochet” por mi abuela que se encontraba encima de la mesita de centro.
El juego consistía en meter mis dedos en los agujeritos del bordado (sin arruinarlo, claro está) y luego sacarlos. El esfuerzo físico y mental que este trabajo demandaba me dio mucha sed.
Por fortuna para mí, encontré una botella de metal cerca de donde me encontraba. Aparentemente, alguien la había dejado olvidada. Era de color rojo y verde y habían figuras de insectos en ella, no tengo idea que significaban las letras que estaban inscritas (pues aprendí a leer a los 4 años y no tenía ni la mitad). Con poca dificultad logré levantarla, abrirla y llevármela a la boca.
De pronto una fuerte tos interrumpió mis pensamientos (jugar, comer, dormir). Mi hermano, año y medio mayor que yo, fue corriendo a buscar a mi mamá. De la encargada de limpieza que nos “cuidaba” no se oyó padre.
Mamá salió en bata de la ducha, su cara era diferente. ¡Era una cara de loca! Creo que me asusté al verla y lloré. Ella me cargó y me sacó a la calle.
Pasaba un bus amarillo “Enatru” y se detuvo para que subiéramos mi mami y yo. El muy amable chofer decidió bajar a los pocos pasajeros que tenía para llevarnos a prisa a algún lugar, que imagino estaba relacionado a lo que mi madre –vociferando- le indicaba (mi hija se muere, se muere).
Nos detuvimos frente a un edificio grande, gris y lleno de luz blanca, gente y sangre. Tanto trajín y alboroto me dio sueño. Así que, mientras mi mamá junto a unos señores vestidos de verde me llevaban a un cuarto, decidí echar una siesta.
Me desperté llorando porque me metieron unos tubos en la nariz y otro grande en la boca. No sé que más me hacían pero no me gustaba y me quería ir de ahí corriendo. A lo lejos oía los gritos de mi mamá “mi hija se muere, se muere”. A mí me daba curiosidad porque no le veía nada de malo a la muerte, no tenía la más mínima noción de eso. Pero me imaginaba que era algo feo, por menos para ella. Me volví a dormir.
***
Cuando desperté, me dolía el estómago vi a mi mamá y a la familia entera: tíos, abuelos, padrinos, todos. Todos me miraban fijamente, sonreían y me preguntaban muchas cosas a la vez. Mi mamá me tenía confundida porque lloraba y sonreía a la vez (¿estaría feliz o triste?). Yo sólo tenía mucha hambre y ganas de seguir jugando.
Epílogo
1. Después del incidente toda la familia no hacía más que enseñarme que era lo que no podía beber, principalmente: veneno, kerosene y jarabe.
2. A veces recuerdo, como si fuera un sueño, el lavado gástrico. Es un recuerdo desesperante.
3. Gracias a mi hermano Israel, estoy viva.
4. Ahora ya entiendo por qué me gustan los tragos fuertes.
martes, 27 de noviembre de 2007
DECIR Y HACER


martes, 20 de noviembre de 2007
Si no fuera de carne y hueso...
